EL FANTASMA DEL DESVÁN

fantasmaEra una pareja realmente alegre: él, respondía al nombre de  Silveriño, a ella la llamaban Melania del Dulce Beso y se  amaban apasionadamente…

Desde hacia tiempo buscaban otro lugar  para establecerse: las termitas habían tomado por asalto todas las viviendas del pueblo, que se convertían   en polvo de la noche a la mañana; a duras penas rescataron alguna ropa, cacharros de cocina, los aperos…. Después de un largo viaje en el viejo carromato, les pareció maravillosa la casona  encontrada, a pesar de las advertencias de que allí moraba el fantasma de…Claro que había  que trabajar  ¡y duro! para darle una nueva  apariencia a la edificación. Y así lo hicieron.

Si alguien disfrutaba de la restaurada residencia era Amaranta, la quinceañera hija del matrimonio. En recónditos  rincones,  descubría siempre un tesoro: una pamela roja con una cinta descolorida, un collar de hilos de perlas,  un cofre en forma de corazón, en la que solo aparecía la letra F. Un día, bajó al desván. ¡Cuántas cosas  reunidas! Lo que más le llamó la atención fue un piano cubierto por una bien urdida telaraña. Alzó la tapa y para su sorpresa la música invadió el sitio. Se pellizcó. “Dios mío, será esto cierto o es mi imaginación…” Se fue  temblorosa. Al otro día, volvió. Sus pasos la llevaron directamente hasta el piano y aquella música doliente volvió a escucharse. Subió apresuradamente. Le contaría todo a su madre, aunque sabía que iba a regañarla. Desde que llegaron le habían prohibido la visita al desván.”Allí hay mucha mugre,  recuerdos que desconocemos y no vale la pena despertar”. “Si, mamá, será como tu dices”. De que Amaranta era una jovenzuela muy  inquieta,  había constantes  pruebas en la familia. Esa noche, a la hora de la comida, sentía un extraño cosquilleo, quería contar a sus padres lo sucedido, mas no se atrevió; prefirió guardar para sí el secreto.

Regresó al desván, esta vez, no se acercó al piano, su mirada registraba cada rincón. Un sonido muy leve la paralizó. Pensó, “será un ratón, este es un refugio seguro para los guayabitos”. Sus meditaciones fueron interrumpidas por una voz “Así que tú eres Amaranta…”. Trató de guiar sus ojos hacia el lugar de donde provenía aquel  acento susurrante. “¿Por favor, quién está ahí?”. Miró, hacia el techo y vio….

‘No te asustes, nada haré contra ti”. La muchacha había oído variados  cuentos sobre fantasmas y ahora tenía frente a ella uno muy real. La figura se movía  con una rapidez sorprendente, su cuerpo, envuelto en una sábana fosforescente, brillaba.  “Perdone, perdone, no volveré más, pero soy un poco indiscreta, quién es usted”. Mi nombre es Flavio,  El Hermoso, último descendiente de los condes De la Zarzaparrilla Verde. Pronto le contó todo lo relacionado con sus frustrados amores. Y no solo eso, sino que le aclaró: “Tú madre Melania del Dulce Beso, es la bisnieta de la mujer de quien estuve tan locamente enamorado. Verla, conocer de su felicidad me da un gran consuelo”.

Las visitas de Amaranta al desván se hicieron continuas y su relación con el fantasma, aumentó. La curiosidad aguijoneaba a la muchacha y Flavio, quien disfrutaba de su compañía iba contándole de su vida.

“Amiga, creo que puedo llamarte así, ¿no es cierto?, nunca pienses que solo he sido un fantasma triste, a causa de mis penas de amor; si te digo  que también tengo mi lado divertido. A veces, me desplazo a otras casas del vecindario y hago mis  diabluras. Mira, hace como un mes me “colé” en casa de Juanita Sietemuelas, una mujer extremadamente avara; su esposo Roldán está tan delgado por el hambre que parece una línea en el espacio. ¿Sabes lo que hice? , pues tomé varias monedas  del pomo que ella esconde en la cocina y se las guardé en el bolsillo al flaquísimo Roldán. Si vieras la alegría de este hombre. Por supuesto, que nada dijo y con su pequeño botín  se dirigió a la fonda La Empanada de Arroz, donde comió hasta hartarse, estaba en verdad satisfecho; sabía que a partir de aquel  momento solo en su imaginación saborearía  el arroz con pollo a la australiana aderezado con miel, los frijoles del Congo, molidos con nuez…

Otra vez, llegué hasta la residencia de los Alcántara, cuando todos dormían a pierna suelta. Allí, como en este desván, vive el fantasma de Carlos Espuela, a quien el reuma ha hecho mella en su dolorido cuerpo de 400 años,  camina inseguro y a pasitos a su refugio: un inservible armario  de roble…!Ah!, por fatal  descuido Luciana Alcántara lo pilló; pegó tremendo grito y resolvió hacerlo desaparecer  como fuera. Se enteró por una revista que en la tienda de Vereda Azul vendían un ingenioso aparato, bautizado con el pomposo nombre de caza-fantasmas y, aunque valía  un dineral, lo compró. No recuerdo cómo me enteré del asunto y, me dije: “Debo movilizarme cuanto antes porque  de lo contrario”…En una de mis rondas nocturnas, sigilosamente, tomé el moderno artefacto y destruí su mecanismo. Al amanecer, se oían los gritos de Luciana, por las cuatro esquinas del pueblo; luego, más calmada, se dirigió al comercio  y demandó  al dueño, pues se sentía estafada. Fue una buena jugada: por ahora, mi buen vecino, Carlos Espuela, tendrá tranquilidad.

Amaranta se sentía fascinada por el fantasma de Flavio, sus relatos servirían  para un buen libro de cuentos y ella pensaba convertirse en escritora, confiaba en su desbordada fantasía.

En el mes de marzo, los  padres de la quinceañera la dejaron sola en compañía del gruñón perro Fido Mantequilla: debieron viajar a causa de la enfermedad de una parienta. La muchacha disfrutó a sus anchas de las conversaciones del habitante  del desván. Él le contó:

“No es bueno para un fantasma estar ocioso. Yo hago solitarios, juego a la solterona, o mejor dicho, en mi caso, al solterón…Tengo hasta una patineta, que encontré rota en un basurero, con la que paseo por la Avenida Ancha cuando estoy  aburrido. En ocasiones, viene hasta esta buhardilla el canario que vive en la mata de mangos, cercana al río, con el que a  dúo interpreto  inmortales arias italianas, y  boleros, de esos que rompen el alma, de un autor conocido por Sindo Garay…

“En aquella tinaja, cerca de la ventana, cultivo flores. Después de ingeniosos experimentos, aprendidos de un tratado de jardinería, logré la  Rosa Cautiva. Desde hace años soñaba con ella y la puse  en las manos de Brígida del Toboso, quien   padece de la desmemoria: la besó pétalo a pétalo, pensando que era un regalo de su esposo Victoriano Bragante, quien  cincuenta años atrás despareció sin dejar rastro alguno; comentan  las malas lenguas que  se fugó con la bella Melisaida, hija del boticario, quien por esa fecha más nunca se vio. Cuando una chispa de lucidez ilumina la mente de Brígida, suele preguntar: “¿Victoriano, dónde has estado? Ven, pon tu cabeza en mi pecho.” A pesar de vivir en ese limbo, la esperanza de que él regresará, no la abandona”.

La libreta de Amaranta se llenaba con los cuentos de Flavio, hasta que una  noche, él le dijo: “Amiga, mis días de fantasma están contados. Puedes continuar visitando el desván, ahora todo lo que está aquí te pertenece. Solo te pido que nunca me olvides y, cuando hablen de grandes amores, recuerdes el mío. Para mí, ha sido muy lindo contar con tu amistad”. No le dio oportunidad a contestarle, dibujó una fosforescente  pirueta en el aire y se esfumó. ¿Será para siempre?.

(María del Carmen Mestas)

 

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