DESCIFRAR LA LEYENDA

callasA María Callas, la llamaron “La Divina” y lo fue para la legión de admiradores que siguió su  carrera forjada por una técnica impecable y una férrea disciplina. Genio musical, actriz intuitiva encarnó  sus  personajes en toda su dimensión dramática

Como espejo del recuerdo regresaban las imágenes. Ahora, era la muchacha regordeta, que en barco viajaba de Nueva York, su ciudad natal a la de sus padres en Grecia. La sobrecogía la inmensidad del mar, aunque la mayoría de las veces dedicaba las horas  a su querido  David, uno de los tres canarios que acompañaba a la reducida familia en la larga travesía. Cantaba el pajarillo y ella trataba de modular su voz con  la de él. Aquel amigo con su  trinar  fue el  primer maestro de la que sería una de las más grandes cantantes de la ópera,  la  diva que en el siglo XX   revolucionó el bel canto.

Nacida el 3 de diciembre de 1923,  era hija de Evangelia  y George Kalageropoulos, emigrantes griegos. A los 12 años, pesaba 90 kilos, sufría el descalabro de su hogar roto por el divorcio y las exigencias de una madre que solo tenía un deseo: convertirla en niña prodigio.

Considerada el patito feo en la barriada de Manhattan donde vivían;  desde esa etapa la miope María había hecho un descubrimiento que la halagaba en extremo; poseía  una voz poderosa y singular, su mejor arma para vencer.

El padre, farmacéutico, cambió  su apellido por Callas ante la dificultad de pronunciar el verdadero. María estudió en el Conservatorio Nacional de Atenas primero con la soprano María Trivella  y luego con Elvira de Hidalgo, con quien aprendió la tradición del bel canto romántico italiano. A esta mujer se debe la trasformación de la voz de Callas “de oscura y pesada a pájaro de coloratura”. El maestro Serafín completó el milagro.

Santuzza de Cavallería rusticana, marcó su primera actuación en la ópera de Atenas. Con la opereta Boccaccio  debutó en el Teatro Lírico Nacional de la ciudad. Su primer éxito le llegó con Tosca. Interpretó distintos papeles y volvió a Estados Unidos en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.

En 1947, cantó en Chicago la ópera Turandot. Muy aplaudida fue en Italia en La Gioconda. Conoció al industrial  Giovanni Battista Meneghini con  quien se casó. Él, quien  le llevaba 30 años, no solo  fue su más devoto admirador, sino que también impulsó la carrera de la soprano griega.

¡AL FIN LA SCALA!

A partir del 12 de abril de 1950,  la Callas conquistó la esquiva Scala de Milán cuando interpretó Norma, de Bellini. Luego vendrían otras  originalísimas creaciones  como Medea. Los críticos la señalaban como la más grande diva de la ópera; ella renovaba el género, le devolvía algo que estaba perdiendo: su dimensión teatral, e imponía su temperamento de actriz sin igual. Brillante fue la etapa de 1951-1952.

Notable  su presentación en 1950 en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México; sería en este escenario donde intercala  su célebre Mi bemol del segundo acto de Aida conocido como   ¨el agudo de México¨.

Sobre su carrera, expresaba: Hay que saber leer entre líneas y cantar lo que está escrito. Debemos  servir a la música, aunque para hacerlo haya que romper el instrumento en mil pedazos. Hay que dedicarle la vida, y no se trata de voluntad, sino de amor. Devoción y amor para servir  lo que se adora.

Sus problemas de obesidad seguían molestándola para los roles  que iba asumiendo: llegó a bajar 65 libras de peso para encarnar  la  tísica Violetta en la puesta La traviata, dirigida por Luchino Visconti .

Se considera histórica  la Lucía de Lammermoor que interpretó en la reapertura de la  Deutsche Oper Berlin. En este y en otros escenarios, el delirio, la apoteosis. Como ninguna tuvo al público rendido a sus pies.

En 1959, rompió relaciones con su esposo para iniciar un tortuoso romance con el naviero griego Aristóteles Onassis. El naufragio  de su vida sentimental  comenzaba a llenarla de temores e inseguridades. El nuevo amante no era una simple aventura, sino un sentimiento cada vez más profundo. Pronto sintió las desazones de una pasión  desafortunada; mientras su brillante carrera iba opacándose. El casamiento de Onassis con  Jacqueline  Kennedy la hundió en un abismo de dolor.

Ya en una de sus actuaciones en Estados Unidos, cuando cantaba Lucía Lammemoor, la voz se le quebró en escena; luego se la vio en el camerino con los cabellos desordenados, la mirada llena de ira y gesticulando: “Yo tenía esa nota, yo la tenía”. Sin embargo, en las funciones siguientes  la eliminó de sus presentaciones; era un síntoma claro de que perdía facultades vocales. Se ha dicho que  la súbita pérdida de peso junto al fracaso amoroso y los cambios de repertorio aceleraron  el deterioro de su timbre tan personal.

En 1969 trabajó en el filme Medea, dirigido por  Pasolini,  hoy considerado una joya de la cinematográfica. María dio clases magistrales en Juilliard School, en Nueva York, 1973, y reapareció en conciertos, el último  celebrado en  Sapporo.

Después de la muerte de su amado Onassis, en 1975, ella se encerró en su casa en la capital francesa, donde vivía  solo acompañada por los recuerdos.  El 16 de septiembre  de 1977, falleció. La urna funeraria,  en el cementerio parisino de Pere Lachaise,  fue robada y apareció días después. Finalmente, el tempestuoso mar Egeo, en Grecia, acogió sus cenizas.

De la soprano se han escrito  libros, algunos muy polémicos. Su voz en famosas obras operísticas quedó registrada para la eternidad. Grabaciones en discos de culto siguen llamando la atención de sus seguidores y de quienes aman el bel canto. El director Franco Zefirelli,  quien mucho trabajó con  la artista, filmó la película Callas Forever, en homenaje a su  gran amiga.

OPINIONES

Su reconocida rival  Renata Tebaldi, a la muerte de Callas rompió el silencio: Ella ha asombrado al mundo entero con su personalidad y su voz única; tenía la suficiente valentía para imponer al público un estilo que había sido olvidado desde hace 30 años. No tuvo ningún miedo de estropear su voz, mientras yo siempre he cuidado la mía”.

El musicólogo Kurt Pahlen,  dijo de la diva: “su canto asemeja una herida abierta, que sangra entregando sus fuerzas vitales…como si ella fuese la memoria del dolor del mundo”.

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