LA COTORRA PARLANCHINA

cotorraEra un pueblo con  muchas,  muchísimas casas y un cielo azul tan parejito que parecía pintado a mano para una escenografía de teatro, pero cielo al fin y al cabo tenía tantas diminutas estrellas que quien se pusiera a contarlas no acabaría y de seguro iba a demorar años, que digo años, siglos.

Pues bien, en  ese pueblo del cual les cuento había una cotorra que gustaba andar por el vecindario fisgoneando y averiguándolo todo para después contarlo a su manera. Comentaba que el señor Toboso Blanco, cuya casa estaba en la punta de una colina, era  un temible pistolero; que  Fragante Rosa se bañaba en el río al caer el crepúsculo para hacer extraños conjuros  con el güije que  moraba  en el lugar; que Doña Panchita encontró en la playa un cofre  lleno de doblones de oro y piedras preciosas del  temible pirata  Lucanor, el tuerto, quien en las noches de luna nueva trazaba  complicados mapas en la arena en busca de su tesoro. El ave no se detenía en sus historietas  y daba por seguro que a la maestra  Concha, en su juventud, su novio  Alberto Galán, la había abandonado el día del casamiento a las puertas de la propia  iglesia.

Sin embargo, el señor Toboso Blanco era uno de los más  respetables  guerreros de la comarca; Fragante  Rosa  padecía de sofocos  por lo que el médico le recomendó los baños en el río; Doña Panchita  había hallado un cofrecito, mas se trataba de una valiosa  colección de caracoles en los que el arco iris  se reflejaba maravillosamente y la maestra Concha, viuda de un maquinista de tren llamado Tito Alcántara, conocía a Alberto Galán, pero se trataba  del protagonista de la telenovela que nunca se perdía por las noches, aunque se estuviera cayendo de puro  sueño…así que vean ustedes cómo la cotorra inventaba, chismeaba, creaba todo tipo de problemas entre las familias, los amigos….

Un día, Doña  Panchita cansada de la bendita ave se puso a pensar en cómo darle un escarmiento ejemplar lo cual equivalía a hacerla callar o mejor perderla de vista para siempre ¿Envenenarla? .No, ella no era una criminal.

¿Encerrarla en una jaula? No, tampoco: siempre le gustó que los animales gozaran de libertad. ¿Acaso no es lo más preciado que todos tenemos?. Entonces, ¿qué hacer?  Sentada estaba  bajo un espléndido flamboyán maquinando el asunto  cuando  una idea  vino a su cabeza, adornada con un pañuelo  de fina  seda. “Si, llevaremos a la cotorra a juicio, demandaremos el castigo que se merece”. De tal ocurrencia muy cautelosamente informó Doña Panchita a los del pueblo y no sólo les pidió su aprobación, sino lo más importante: silencio, el más absoluto.

Fue Don Quintín Comino, quien se ofreció  para que la cotorra se presentara en aquella corte sin que se imaginara un tanto así lo que iba a  ocurrir  y, precisamente, a ella. Aquel sábado radiante de sol se le acercó sonriente:

– Amable cotorrita, si quieres enterarte de algo que todos saben y nadie se atreve a decir, te invito al gallinero de Lalo Aguirre, mañana, domingo, a las l0 en punto; no faltes. Será un gran acontecimiento; no te lo debes perder.

– Allí estaré; soy la cotorra mejor informada de este lugar. No olvides que nada humano me es ajeno.

Claro, que la mal intencionada  cotorra no pudo contenerse y se decidió a indagar qué iba a pasar por lo que visitó en un abrir y cerrar de ojos más de cien casas;  regresó alicaída: de nada   pudo enterarse. Exhausta, se durmió  en la rama alta de la ceiba, que tan buena sombra da en el parque .Al día siguiente, muy tempranito se lavó la cara  porque eso sí era muy aseada, se colocó los espejuelos de  las ocasiones más especiales y fue presurosa al lugar de la cita.

Allí, estaban todos los vecinos; no faltaba ni el gato con  botas. La cotorra paseaba su mirada impaciente entre los concurrentes. Hay que decir que tanta gente reunida en sus predios alborotó a las gallinas que empezaron a cloar con tal escándalo que se oía a mil leguas de distancia.

Cuando el silencio se restableció, la voz  de la venerable Doña Panchita se escuchó:

  • Amigos y amigas, estamos aquí para juzgar a quien mucho mal está haciendo entre nosotros. Por su causa, las familias se desunen; los hermanos  pelean, los amigos ya no se miran a la cara; tenemos 40 divorcios y todo por … ¿ Quién es la causante de nuestros males?

Todos los ojos se clavaron acusadores en la cotorra,  mientras las manos se alzaban para señalarla.

  • -¡Es ella!, ¡Es ella!

Don Quintín Comino habló claro y rotundo:   ¿Y cuál  será el castigo para esta indeseable cotorra?

  • ¡El destierro!, ¡El destierro! – gritó a coro la muchedumbre enardecida.
  • No te queremos ni un segundo más- se oía por aquí y por allá.

La cotorra estaba lívida por la sorpresa, pero como era muy astuta comprendió que nada le quedaba por hacer entre aquellos que tanto la repudiaban por lo que emprendió rápida el vuelo y se perdió entre las nubes mientras las caras de los vecinos resplandecían de alegría. Ahora, sí volverían a gozar de paz.

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